lunes, 18 de enero de 2010

Kafka y la muñeca viajera

La risa de un niño, sobre todo una risa abierta y abundante, sincera, sin dobles intenciones, es capaz de hacernos felices, de arrancar una sonrisa a nuestro rictus de seriedad y hacernos olvidar el mal momento por el que estemos pasando. Parecido es el caso cuando se trata del llanto, un llanto desconsolado, de esos reales y no fingidos por los magníficos y pequeños actores que son los niños; al verlo se estremece nuestro espíritu, nuestra cara se torna triste y nuestra mente se desvía hacía lo que pueda sucederle o como podría alegrársele.
¿A alguien no le ha pasado nunca? A la inmensa mayoría, seguro que sí. A la gente normal estoy seguro de que sí. Omitiré los incluidos en el status de anormalidad.
Pero hay una diferencia entre ambas situaciones: la risa y el llanto infantil. La risa nos alegra, nos hace ser felices por un momento, pero es una sensación que se diluye rápidamente al sumergirnos de nuevo en el mundo cotidiano, en la realidad que nos rodea; una llantina, en cambio, es algo más complicado, el efecto es más persistente y alargado en el tiempo. La imagen del niño no se va tan fácilmente de la mente y a lo largo del día es fácil revivir el llanto del niño y amargarnos el rato. Esto es así, porque la capacidad de empatía de los niños es enorme, y el llanto rompe todos los esquemas racionales imperantes y actúa directamente sobre nuestro sistema límbico, consiguiendo que no nos centremos en nada más y que nuestro único cometido sea pensar en como se podría ayudar al infante.
Algo así debió sucederle al genial Franz Kafka en determinado momento de su vida cuando, un año antes de su muerte, paseaba por el parque Steglitz y observó a una niña llorar desconsoladamente. Al preguntarle qué sucedía, porque lloraba así, la niña le respondió que había perdido su muñeca. En ese momento, Kafka hizo alarde de su imaginación y le explicó a la pequeña que su muñeca no se había perdido, sino que se había ido de vacaciones y que él era un cartero de muñecas, un cartero especializado en entregar cartas de muñecas. De tal modo que para que su estratagema tenga éxito se deberá meter en un pequeño-gran lío: escribir cartas para la niña de parte de la muñeca. Y así, ante la alegría de la niña se verá abocado a escribir carta tras carta, ante la atónita mirada de su pareja, al tiempo que busca la manera de terminar con esta situación sin dañar la inocencia e ilusión de la pequeña.

Jordi Sierra i Fabra consigue en, apenas 100 páginas, dotar este hecho verídico de una sencillez y una sensibilidad sin par.
Mediante un lenguaje armónico, quizás demasiado rebuscado para el público infantil, pero delicioso para el juvenil y adulto, Sierra i Fabra logra acercarnos a la personalidad del peculiar escritor y a su dificultad para entablar relaciones con los niños, al tiempo que dibuja con mano firme los rasgos de la psicología de estos maravillosos pequeñajos frente a la forma de ver el mundo de los adultos. Aquellos que seamos padres, notaremos a medida que vamos leyendo, como asentimos ante determinados juicios o pensamientos con respecto a la infancia, que aparecen en el libro y no podremos más que dar la razón. A los más, más sensiblones (blanduchos totales), como yo, puede que incluso se escape alguna pequeña lágrima.
Es imposible no mostrar una sonrisa en el rostro mientras se lee el libro, ante la ilusión que le hacen las cartas a Elsi (la niña) o ante las palabras de Dora (su pareja) al observar y aconsejar acertadamente a Franz de que la situación se le puede ir de las manos; al mismo tiempo, olvidamos que por una vez fuimos niños, y una sombra de incredulidad nos recorre al pensar, como es posible que alguien se pueda creer una historia tan absurda. ¡Ay, inocencia perdida, quién te recuperase!
También me ha llenado de emoción ver como Kafka escribe febrilmente, cada vez más enfermo, pero con la ilusión de volver a ver la infantil sonrisa de Elsi. Como a pesar de sentirse exhausto y de saber que debe dar un paso final para terminar la historia se afana para que todo resulte creíble para la pequeña. Para mantener viva esa inocencia tan añorada.

En definitiva, un maravilloso libro de Jordi Sierra i Fabra, (quien si no recuerdo mal, es el autor español con más obras publicadas), que gano el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2007.

Merece la pena leerlo, y si dispones de tiempo se puede leer tranquilamente en una tarde pues, como he dicho antes, el estilo de la novela es muy armónico, casi musical y las páginas pasan volando, casi sin darse cuenta.
A mí me ha parecido una auténtica delicia.

Ah, se me olvidaba. Como experiencia, valga decir que se lo he leído a mi hijo (7 años) en 4 noches, antes de ir a dormir. Le ha encantado.

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